lunes, 29 de junio de 2015

Los Beatles en España: qué concierto el de aquella noche.

Fuente: elmundo.es por Carlos Toro.
El 7 de julio de 1965, Francisco Franco remodelaba su Gabinete por octava vez consolidando en él la importancia de los tecnócratas. Quizás los antiguos y los nuevos ministros (seis, entre ellos Laureano López Rodó) hablaron, en la charla informal que antes del
Consejo se solía producir en una salita aledaña, del acontecimiento que había tenido lugar en Madrid cinco días antes: la actuación de los Beatles.

«Los cuatro muchachos de Liverpool», como se refería a ellos la prensa en ese tono entre admirativo y paternal con la que distinguía un fenómeno colosal pero juvenil, eran entre nosotros, como en el resto del mundo, unos ídolos. Un año antes habían sido número uno durante tres semanas con el 'single' que contenía 'A hard day's night' y 'I should have known better'. Y habían llegado alto en las listas de popularidad y ventas con temas como 'She loves you' o 'From me to you'.


A diferencia de otros países, en el nuestro, en pleno franquismo, los Beatles constituían el máximo símbolo de libertad que, por medio de una música nueva y rupturista, el rock expresaba. La rebeldía juvenil era aquí bastante más que un grito novedoso o un impulso generacional. Adquiría caracteres de protesta política. Intentar traer al cuarteto a España significaba algo muy parecido a un gesto subversivo, casi desafiante, que el Régimen sólo podía contemplar con el ceño fruncido. Había que tener muchas agallas para arriesgarse a arrostrar sus suspicacias o sus iras. Había que echarle valor para enfrentarse a extensos sectores de la prensa y la sociedad que tildaban a los músicos británicos poco menos que de «degenerados», «elementos disolventes» e incluso «afeminados». También los motejaban de «escarabajos», confundiendo, a causa de que la pronunciación es la misma, 'beatles' con 'beetles'.

El valiente se llamó Francisco Bermúdez, un entusiasta representante y promotor. El rock era todavía aquí una cuestión de estudiantes en hirvientes circuitos semicerrados. Justamente en 1965 irrumpieron arrolladoramente en los 'hit parades' nacionales los conjuntos propios (los Brincos, los Sirex). No había pasado mucho tiempo desde la llegada de la primera guitarra eléctrica a nuestro país.

El memorable advenimiento había ocurrido en 1957. Para resumir la historia, que es larga y confusa: la había comprado el Banco de España, que la expuso en un escaparate de la calle de Leganitos «como si fuera una nave espacial» (en palabras de Alfonso Arteseros, pionero del management y el negocio musical entre nosotros).


Mensaje de Epstein

Pero estábamos con Bermúdez. Por medios laberínticos, y en lo que se antojaba una misión imposible, contactó con Brian Epstein, el factótum y mánager de las estrellas inglesas. Y, sorprendentemente, se encontró con la curiosidad y el interés del cuarteto. Y, en consecuencia, con una llamada de Epstein invitándolo a ir a Londres para hablar del asunto.

Todo fue bastante fácil y rápido. El acuerdo se cerró por 900.000 pesetas, correspondientes a dos conciertos, uno en Madrid y otro en Barcelona. El alquiler de equipos y otros gastos organizativos elevó el desembolso total a tres millones de pesetas.

Los Beatles rematarían en España una gira de 10 conciertos que había empezado en Varsovia el 10 de junio. Aterrizaron en Madrid el 1 de julio en un vuelo de Air France porque habían actuado en París el día anterior. Los esperaban unas 200 personas y un Cadillac que los llevó al Hotel Gran Meliá Fénix, donde ocuparon las suites 123, 223, 323 y 423. No era la primera vez que visitaban España. John y Epstein habían estado de vacaciones en 1963 en Torremolinos. Paul, George y Ringo optaron por Tenerife. Todos pasaron completamente desapercibidos. Unos jóvenes extranjeros como tantos otros miles que habían elegido el sol español.

Hubo su sesión de tipismo. Salieron un rato por la noche a un tablao en compañía del periodista Alfredo Amestoy. En el hotel, el Sherry Institute of Spain y las Bodegas Domecq organizaron una cata de vino de Jerez aderezada con una charla de Miguel Primo de Rivera, alcalde de la ciudad gaditana que daba nombre al rico caldo. El primer edil se enredó en una delirante disertación en la que mezcló los elogios a los recién nombrados Miembros de la Orden del Imperio Británico con loas a Franco, entre la perplejidad irónica de John, quien, en su vago izquierdismo de demócrata de clase obrera, se divirtió más que se escandalizó y, con torpeza pero con gracia, manejó la venencia, que así se denomina el utensilio, varilla y cubilete, con el que se escancia el delicioso amontillado. En fin, «los cuatro muchachos de Liverpool» firmaron con tiza en los toneles y llegó el momento del concierto, que en los carteles se anunciaba así: «Francisco Bermúdez, espectáculos internacionales, presenta: la atracción más famosa del mundo».

Una semana antes estaban embargados las entradas y los carteles, y no existía aún el permiso del Ministerio de la Gobernación, a cuyo frente figuraba Camilo Alonso Vega, ex militar de máxima graduación y uno de los miembros más reaccionarios del Gobierno. La presencia desde febrero de Carlos Arias Navarro a la cabeza del consistorio madrileño tampoco ayudaba a tranquilizar a Bermúdez. Ni a los fans. Éstos, ya en los alrededores del coso, se inquietaron aún más al contemplar el despliegue policial. Había guardias, los célebres y temidos grises, a pie, a caballo, en moto... Sin contar con los efectivos de paisano mezclados con la gente. Unos cuantos melenudos, sospechosos habituales de desafección, pasaron rápidamente a los furgones. La autoridad disolvía por principio cualquier grupo de más de cuatro integrantes.

No bullía mucha gente en los tendidos. Unas 5.000 personas. Habían obrado de elementos disuasorios el precio de las localidades, entre 75 y 450 pesetas (0,45 y 2,70 euros, respectivamente) y el temor de los padres a la probable brutalidad policial. Cientos, quizás miles de chavales, muchos con entrada, se quedaron en casa por orden paterna.

Para Los Pekenikes fue un honor actuar de teloneros. Y para la Trinidad Steel Band, un grupo caribeño que aporreaba con arte bidones y en el que figuraba un joven de 25 años llamado Phil Trim, que se alojó en una pensión de Legazpi y que decidió quedarse en España «a causa de la tortilla de patatas y la belleza de las chicas». Pocos años después estaba en un festival en León con un grupo llamado Los Tifones cantando 'A whiter shade of pale' y 'When a man loves a woman'. Los escuchó el productor Alain Milhaud (Los Bravos, Los Canarios). Los rebautizó como The Pop Tops y los catapultó al éxito con temas como 'Mammy Blue', un 'hit' internacional.

Salieron de chiqueros los Beatles (The Beatles, si respetamos el artículo original). John portaba su Rickenbacker y lucía un sombrero de ala ancha y, al parecer (algunos no lo recuerdan o lo niegan) saludó: «Hello, Spain. How are you?». Paul con su Hofner. George con su Gretsch. Luego cambarían de guitarras. Ringo no cambió de tambores y platos. Una actuación de 35 minutos. No hubo bises, aunque el respetable, los pidió. Empezaron dando caña con 'Twist and shout' y acabaron con la misma caña y 'Long tall Sally'. Entre una y otra, 'She's a woman', 'I'm a looser', 'Can't buy me love', 'Baby's in black', 'Wanna be your man', 'A hard day's night', 'Everybody's trying to be my baby', 'Rock & roll music', 'I feel fine' y 'Ticket To ride'.

El sonido no fue ni bueno ni malo y ellos no estuvieron ni bien ni mal («sin demasiada pena y sin demasiada gloria», según el NO-DO). Al día siguiente lidiaban en la Monumental de Barcelona. Pero esa es otra historia que compartieron con 18.000 asistentes (en Barcelona eran más liberales o menos asustadizos), aunque ya sin la mágica novedad del estreno en la piel de toro. De toro. Les encantó tocar en plazas de toros. ¿Dónde si no? Esto era España.

Existe una foto en la que los cuatro están vestidos de luces. John y Paul salieron por la portezuela del avión en la capital catalana tocados con monteras y, mientras descendían por la escalerilla, las agitaron en el aire a modo de saludo (Ringo y George llevaban lo que parecían barretinas). Y todos adquirieron en España (¿cómo se los repartieron?) el libro 'Toros y toreros', de Picasso y Luis Miguel Dominguín, una 'Antología del flamenco' y una guitarra española marca Ramírez.

Manuel Fraga, ministro de Información y Turismo, prohibió la emisión de un documental sobre las actuaciones en España, limitadas a las imágenes oficiales del NO-DO («Noticiario y Documentales, el mundo entero al alcance de todos los españoles»). Las cintas de sonido de las actuaciones fueron borradas. No queda mucha constancia de aquellas jornadas históricas en Madrid y Barcelona. Más histórica la de Madrid por iniciática. Aquel 2 de julio de 1965, a la hora poco taurina de las 20:30 de la tarde. ¡Qué noche la de aquel viernes!