lunes, 10 de abril de 2017

Stuart Sutcliffe, el mal músico que inventó el pelazo de los Beatles.

Fuente: El Español por Manuel de Lorenzo
A veces lo último que se necesita para ser músico es tener alguna idea de música. Basta con estar ahí, apoyado con desgana contra el marco de una puerta, con una mano en el bolsillo, un cigarrillo en la otra y algo de
rebeldía adolescente en la mirada. He visto a gente en pleno concierto haciendo mucho menos que eso.

Y no me refiero a las comparsas de escenario cuya función no es tocar, como el tipo aquel que acompañaba en directo a Novedades Carminha y se dedicaba a comer churrasco mientras el grupo actuaba, o el Dancing Tony de Nirvana, que bailaba como un poseso en el 92 mientras Cobain le gritaba a los británicos cuánto le dolía el mundo. Me refiero a músicos de verdad, a gente que forma parte de una banda y se dedica a hacer música, con la particularidad de que no saben cómo se hace.

No es habitual, pero en ocasiones ser músico no tiene nada que ver con tocar un instrumento. Sid Vicious ha pasado a la historia como una de las figuras más destacadas del punk y apenas era capaz de enlazar tres notas seguidas sin pulsar donde no debía. Maureen Tucker manejaba toda una serie de argumentos que explicaban por qué colocaba el bombo hacia arriba, no usaba platillos y no utilizaba los pies, lo que le permitía no tener que admitir que en su primera época con The Velvet Underground todavía no dominaba la batería. Algo muy similar a lo que le ocurría con el bajo a Stuart Sutcliffe, de cuya trágica muerte se cumplen hoy cincuenta y cinco años.

Músico sin instrumento

Stuart era músico porque lo tenía casi todo para el rock and roll. Era atractivo, poseía cierto carisma, llevaba una vida bohemia, se peinaba con tupé y vestía chupas de cuero y gafas de sol. A veces basta con eso y un par de acordes para armar un temazo. El problema era que aquel asunto de los acordes no era lo suyo, y un músico que no toca ningún instrumento no está mal, pero le falta algo.

Uno de sus compañeros en el Liverpool College of Art, John Lennon, tenía un grupo llamado Johnny and the Moondogs con otros dos guitarristas: George Harrison y Paul McCartney. Lennon admiraba a Stuart. Por su aspecto, por su seguridad en sí mismo y por sus canciones, aunque estas no existiesen. Eso era lo de menos. Una noche, a principios de 1960, Lennon y McCartney se reunieron con Sutcliffe en el bar de la madre de Pete Best y le convencieron para que se comprase un bajo. Ellos necesitaban un bajista y Stuart una banda, así que adquirió un Höfner President 500/5 y se enroló en el grupo. Poco después también se uniría el propio Best.

Como a Lennon, a Sutcliffe le maravillaban The Crickets, el grupo liderado por Buddy Holly, así que le propuso a John cambiar el nombre del grupo por el de “The Beetles”. Una variación que, no obstante, no duraría mucho. En mayo pasaron a llamarse “The Silver Beetles” y, dos meses más tarde, influenciados por el movimiento Merseybeat, encuadrado dentro de la corriente de la música Beat, decidieron llamarse “The Silver Beatles”. Por fin, en agosto de 1960, suprimieron el adjetivo y bautizaron definitivamente a la banda como The Beatles.

Por aquel entonces se encontraban viviendo en Hamburgo, contratados por el promotor Bruno Koschmider para tocar en su club. Cuando éste se enteró de que aquellos ingleses estaban actuando también para la competencia, denunció a Harrison por ser menor de edad y haber mentido a las autoridades alemanas y consiguió que arrestasen a Best y a McCartney por haber causado un incendio quemando un preservativo. Todos ellos fueron deportados en Noviembre. Lennon regresó a Inglaterra en diciembre y Sutcliffe, que había comenzado una relación con la fotógrafa Astrid Kirchherr, lo hizo en enero.

El pelazo

Dos meses después, en marzo de 1961, el grupo regresó a Hamburgo. Fue entonces cuando Stuart conoció a Klaus Voorman, la expareja de Astrid, y el británico le pidió a su novia que le cortarse el pelo como lo tenía él. Harrison no tardó en hacer lo propio y, aunque Lennon y McCartney se mostraron reticentes al principio, aprovecharon una breve visita a su amigo Jürgen Vollmer en París para adoptar el mismo peinado. Fue así como nació el reconocible mop top de The Beatles que tanta sensación causó a principios de la década de los 60.

El grupo continuó yendo y viniendo a Hamburgo durante todo el año 1961, pero en julio Stucliffe decidió abandonar la banda para dedicarse a su verdadera pasión: la pintura. The Beatles se quedaban, por tanto, sin bajista en plena gira, por lo que Paul McCartney le pidió prestado su bajo Höfner a Stuart y dejó a un lado la guitarra, transformándose el grupo en un cuarteto al que un año más tarde se incorporaría Ringo Starr en sustitución de Pete Best.

A principios de 1962, Sutcliffe comenzó a sufrir fuertes dolores de cabeza unidos a una excesiva sensibilidad a la luz. Venía notando molestias desde enero de 1961, cuando, después de una actuación en el club Lathom Hall de Liverpool, se enzarzó en una pelea en la que fue lanzado contra un muro de ladrillos, golpeándose el cráneo. El 10 de abril de 1962 se desmayó en mitad de una clase en la facultad de Bellas Artes de Hamburgo y falleció en la ambulancia, de camino al hospital, debido a la rotura de un aneurisma. Tenía veintiún años. Yoko Ono contaría décadas más tarde que Lennon, quien consideraba a Stuart su álter ego, jamás había logrado superarlo.

Música y ampollas

Sutcliffe nunca llegó a tocar bien el bajo. Después de cada sesión, y por la falta de práctica, sus dedos se llenaban de ampollas. Incluso llegó a tocar de espaldas al público, quizá avergonzado por su falta de técnica. Fue uno de esos músicos extrañísimos a los que les basta con ser músicos, aunque no tengan ni idea de tocar.

Claro que dominar su instrumento tampoco le hizo falta para ser determinante en la historia de The Beatles. Me pregunto si haber sido los primeros en llevar aquel moderno flequillo —aquel que provocó que el mundo los considerase unos “melenudos”— tuvo algo que ver en su fama inicial y qué habría pasado de no haber formado Stuart parte del grupo. Me pregunto también cómo habría sido la historia de The Beatles si Sutcliffe no los hubiese dejado tirados sin bajista en Hamburgo y McCartney hubiese continuado siendo el guitarrista.

Y me pregunto, sobre todo, qué les habría deparado el porvenir si, en lugar de llamarse The Beatles, Stuart no hubiese propuesto el cambio de nombre y hubiesen intentado labrarse una carrera como Johnny and the Moondogs. ¿Se lo imaginan? “¿Tú eres más de los Rolling Stones o de Johnny and the Moondogs?”. Yo a duras penas.

Tal vez Sutcliffe no tuviese ni pajolera idea de música, pero intuyo que las cosas habrían sido muy distintas de no haber estado él ahí. A veces basta con no tener ni idea de hacer algo para pasar a la historia por haberlo hecho. Suele hablarse de Stuart como el auténtico quinto Beatle, pero a mí no me salen los números. Le puso nombre a la banda, la dotó de su característico look y, con su abandono, dejó el coliderazgo del grupo en manos de Paul McCartney. Honestamente, no creo que Stuart Sutcliffe fuese el quinto Beatle: en realidad, fue el primero. Y todo lo demás, como siempre, vino después.