lunes, 22 de octubre de 2012

The Beatles y la banda sonora de nuestra vida.

Fuente: letralia.com Dixon Acosta

The Beatles, pero especialmente Paul McCartney, llegaron a mi vida de la mano izquierda de Daniel Bohórquez, alguien que se
estacionó en el recuerdo personal como un eterno joven, con quien intentamos hacer una banda musical en la madrugada de los años ochenta, en la cual yo sería el letrista y segunda voz (soy bueno para acompañar, fatal como voz líder). En mi caso, no sabía tocar ningún instrumento, pero al igual que Ringo Starr, mi sentido del humor y buena energía podían solventar esa carencia.

Mientras yo era un supino ignorante sobre The Beatles, Daniel era experto en lo divino y humano sobre los cuatro de Liverpool. Así que mientras la idea de nuestro grupo musical se concretaba, el zurdo guitarrista Daniel me iba enseñando lo necesario sobre John, George, Ringo y Paul.

En mi proceso personal de conocimiento sobre la banda británica, rebosaba de admiración por John, por su ingenio a toda prueba y rebeldía sin par, pero me alejaba su arrogancia que iba desde su comparación con Jesucristo, hasta pensar que la guerra se detendría por su voluntad; resaltaba la personalidad introvertida de George, el mecanismo fundamental que engranaba la máquina de la música, sin pretensiones desaforadas; Ringo me hacía gracia y lo pensaba necesario para equilibrar a los genios, es bueno tener en el equipo a una persona normal.

Paul McCartney resultó mi preferido y siempre me identifiqué con su apariencia de chico bueno, el contrapeso a la personalidad volátil de John. Paul era el compendio de las virtudes de sus compañeros, el que cocinaba con los ingredientes adecuados en los momentos precisos, artista integral, compositor de algunas de las canciones más escuchadas en la historia de la humanidad.

El padre de Daniel tenía un estudio fotográfico y allí, en medio de nuestros primeros ensayos sin música, observé una serie de fotografías de Olga, una linda niña que cursaba octavo grado de secundaria en el Colegio Inmaculada Concepción, en donde estudiábamos con Daniel. Olga era una niña de un rostro precioso (creo que su cuerpo también era armonioso, pero en esa época, para bien o para mal, los muchachos sólo nos fijábamos en la cara de las niñas), otras épocas, seguro.

Alcancé a ensayar varias letras para supuestas canciones, recuerdo una que se titulaba “Pegaso”, nombre que correspondería al grupo, del cual nunca tuvimos más integrantes. Sin embargo, las prioridades en mi vida cambiaron y todo mi tiempo, aparte del estudio, se fue en conquistar a Olga, lo que al final pude lograr, gracias a aquellas composiciones simples pero efectivas que se convirtieron en cartas escritas en esquelas de color pastel.

Olga, sin saberlo, se convirtió en nuestra Yoko Ono, entre otras cosas porque ella atraía en secreto a Daniel. Finalmente, la idea de nuestro grupo musical jamás se concretó, pero el legado de Daniel Bohórquez en mi vida fue conocer a The Beatles, a admirar a John y Paul, a acariciar la idea que seríamos la nueva pareja de genios compositores y llegaríamos a tener fama, dinero y montones de admiradoras. Ahora bien, nada de eso pasó, pero agradezco la ilusión, así como a Daniel y al estudio de su padre, la oportunidad de conocer a Olga, el romance primaveral de la primera juventud.

Han pasado más de 30 años desde aquellos gratos días y el laberinto de la vida me ha llevado a recorrer las calles de Liverpool, así como asistir a un concierto de Paul McCartney, uno de los sueños hechos realidad. McCartney es un artista que llega a todo el mundo, en sus presentaciones logra congregar varias generaciones, a los abuelos que se desesperaban en los 60 con la música de The Beatles y terminaron seducidos por la misma, a los padres que vivieron su juventud con aquellas melodías inolvidables, así como a hijos y nietos que por curiosidad arqueológica buscan las raíces de la música que actualmente les gusta.

McCartney sólo despierta buenos sentimientos, un hombre que a sus 70 años sigue conservando el gesto del chico de clase media de Liverpool, que no se conformó con hacer historia con The Beatles o con Wings, su otra banda. Un hombre que sigue produciendo música de todo tipo, incluso jazz y clásica.

Las canciones de Paul McCartney tienen el indiscutible valor de lo universal, porque hablando de transeúntes en Penny Lane uno se transporta a una calle de Bogotá, o el Tío Albert podría resultar mi querido y fallecido Tío Roberto, porque uno a veces se siente el tonto de la colina. En fin, porque algún día espero tener 64 años y recordar cuando fui a un gran concierto, no con Olga la novia fugaz, sino con la compañera definitiva, la cómplice que dibuja una sonrisa en mi vida, Patricia, a quien le dedico estas líneas, como todas mis letras.

Ahora que se cumplen 50 años del inicio de The Beatles, puedo decirlo sin ambages ni dudas, el día del concierto de McCartney ha sido uno de los más felices de mi vida, al menos las tres horas que duró, observar en escena a uno de los artífices de la música contemporánea, al cantautor más exitoso de la historia de las grabaciones en discos, escuchar la voz que aunque le cueste llegar a ciertas notas por el envejecimiento de las cuerdas vocales, sigue conservando el mismo tono armonioso y dulzón.

Ser testigo directo del compositor de buena parte de la banda sonora de nuestra vida es más que el encuentro con un dios menor, con un ídolo pasajero de la mercadotecnia musical, es algo trascendental.