miércoles, 14 de marzo de 2012

Vettel honra a los Beatles.

Fuente: abc.es José Carlos J. Carabias




La existencia de los pilotos de Fórmula 1 va por raíles en lo relativo a la comunicación. Conductos que dirigen sus expresiones públicas, jefes de prensa que canalizan sus apariciones y sofocan cualquier atisbo de polémica, vidas paralelas que alimentan lo políticamente correcto... Los pilotos adoran el riesgo y les encanta exhibirse como tipos únicos comprometidos con la aventura y el peligro. A pocos les interesan los libros, la historia o el placer del conocimiento.

Hace tiempo que Adrian Sutil fue considerado
un bicho raro. Toca el piano. Su habilidad proviene de la herencia de sus padres, dedicados ambos a la música y que inculcaron esa pasión al alemán. Las aficiones de sus compañeros de la parrilla de F-1 van encaminadas al riesgo: ciclismo, triatlón, coches de rallys, aviones, surf, etc, etc.

A Sebastian Vettel le ha seducido desde hace tiempo una memez: bautizar a sus coches con nombres de chicas y sus respectivas circunstancias. Se supone que son sus conquistas. Ha bautizado a los sucesivos Red Bull que ha conducido con nombres bien simplones: «La hermana sucia de Kate», «La lujuriosa Liz», «La perversa Kylie»...

Denominaciones muy celebradas en el mundillo de la Fórmula 1, pero sin ninguna gracia ni ingenio. Ya se esperaba, entre bostezo y bostezo, el nuevo nombre para su Red Bull de 2012 y Vettel ha sorprendido: se llamará Abbey (del inglés, Abadía). El chico que tan rápido conduce tiene otros gustos, además de los instintos naturales de todo ser humano. Le entusiasman los Beatles.

Un punto a favor de Vettel, fanático del cuarteto de Liverpool. Abbey Road fue su duodécimo álbum y para muchos, su obra cumbre. Es aquella de la foto en el paso de cebra en la calle Abbey Road, frente a los estudios en los que se grabaron casi todas sus canciones desde 1962.