martes, 3 de abril de 2012

La “beatlelogía” contada desde el lado de adentro del corazón.

Fuente: elobservador.com.uy

Fines de 1964. Mucho calor en la ciudad de Trinidad, Flores. Un niño de 12 años entra al bar Beyruti. Viaja con sus padres hacia Paysandú, de vacaciones. El niño se acerca a la rocola, coloca una moneda y elige I want to hold your hand, de un grupo  inglés del que un compañero de clase le había hablado. Así, como comienza a sonar la canción, la vida de ese niño empieza a cambiar para siempre.

El niño era Eduardo Rivero, músico, periodista radial y absoluto fanático de Los Beatles, que en 1997 publicó Los Beatles en Uruguay, un libro que cuenta desde su perspectiva la entrada de la música de los cuatro de Liverpool a estas tierras a inicios de los años 60. 

El golpe en el niño fue estético y a la vez vital. “Fue un momento clave para mí, como la llegada del hombre a la Luna. Entendí que lo que yo conocía hasta ese momento, como las canciones de Palito Ortega, era todo basura. También entendí que no era un clon de mi viejo, que era alguien que empezaba a tener gustos y valores propios”, cuenta Rivero a El Observador.

La llegada de Paul McCartney a Montevideo hace aflorar un súbito fanatismo generalizado. Pero hay algunos que lo vienen cultivando desde hace décadas con la paciencia de un monje iniciado en un arte oculto y con la pasión que enciende los oídos ante la voz de Lennon, el bajo de McCartney, los punteos de Harrison o los quiebres de Starr. Rivero es uno de estos “beatlólogos”. El escritor Hugo Burel es otro de los integrantes de esta cofradía no organizada, pero que ha generado interesante bibliografía. 

En 2010, Burel publicó Un día en la vida. Qué cantaron los Beatles, una muy personal selección de 14 canciones donde el autor analiza, según sus palabras, “uno de los aspectos menos tratados de los Beatles: sus letras”.

Como Rivero, el primer contacto de Burel con el grupo fue también a las 12 años. “Vi una foto de cuatro jóvenes saltando en pose en El Diario de la noche”, narra. Luego que los escuchó, el fanatismo le entró “a comer la cabeza”.

Se compró discos de los Beatles sin siquiera tener tocadiscos. “Fue como una fiebre. Pedí que me compraran una guitarra para Navidad y aprendí a tocar. Escuchaba los programas de radio donde pasaban sus canciones”, dice Burel, quien fue uno de los que madrugó para conseguir la entrada de  McCartney.  

A partir de allí, en la casa de los Rivero, en la de los Burel  y en muchas otras comenzó a producirse lo que Jaime Roos –otro gran beatlólogo vernáculo– definió como la “guerra civil dentro de los hogares”. Más o menos lo mismo sucedió en la casa de Boris Faingola, reconocido beatlólogo que en 1985 ganó la edición del programa Martini pregunta respondiendo sobre el célebre cuarteto.

“Los Beatles dieron vuelta toda una época. Llegaron en un tiempo en que para ver un programa de televisión había que prender el televisor 15 minutos antes, para que calentara la lámpara. Hicieron películas, videoclips. Después de ellos, ya nada fue igual”, dice Faingola. 

Los tres expertos resaltan la importancia de los Beatles en la forma de vivir y de ser de mucha gente alrededor del globo. No solo en las ganas de los jóvenes de tener una banda como Beatles (con sus instrumentos y su forma de cantar), sino en la estética: la ropa, el pelo, los gestos.

“Los Beatles volaron por los aires todo lo que estaba establecido en esos años: la nueva ola argentina, el jazz, el tango, Elvis, Sinatra, todo junto”, opina Burel, quien en 1969 fue a escuchar al Maharishi Yogui cuando vino a Montevideo. “Lo único que quería era darle la mano a quien le había dado la mano a los Beatles. Estuve a un apretón de manos de ellos”, cuenta con una sonrisa.

“Fue la primera vez que la vanguardia musical fue al mismo tiempo lo más popular: no ha vuelto a suceder eso desde entonces”, agrega Rivero, quien dice tener más “horas de vuelo” escuchando a los Beatles que cualquier otro mortal. Tanto es así que con un operador de Aspen FM de Punta del Este –donde tuvo un programa varios años– desarrolló un juego que consistía en reconocer cualquier canción de los Beatles con solo escuchar un (1) segundo de música. “Muy pocas veces no acerté”, dice Rivero con orgullo.

Esos datitos raros
Luego de años de lecturas y estudio, Faingola tiene un interesante anecdotario sobre los ocho años de carrera de los Beatles. Una de las situaciones más divertidas se produjo en Ámsterdam, durante una de las giras europeas de la beatlemanía. “Eran tales los gritos que en un momento decidieron no cantar más, sino hacer solo la pantomima. Nadie se dio cuenta de que faltaban las voces”, narra Faingola.

Un beatlólogo de ley, aparte de manejar datos únicos,  debe realizar algún tipo de teoría sobre su material de estudio. Rivero, por ejemplo, tiene postulados sobre varias canciones que son únicas por diferentes motivos. “I call your name es el primer cruce entre rock y ska. En Love me do hay intervalos de voces en quinta y no en tercera como era común en la época. En I feel fine está el primer acople grabado de la historia. Eight days a week tiene el primer fade-in del rock. Helter skelter es el primer heavy metal de la historia”, afirma.

Burel analizó algunas letras de canciones, un aspecto que en su momento no era apreciado por el público de habla hispana. “En algunos casos la letra es tan importante como la música. Un ejemplo es Eleanor Rigby. Cuando traduje las letras fue para recuperar algo que habíamos perdido”, explica el autor.

De todos modos, reconocen que hay elementos que escapan a un análisis racional,  y solo queda poner el oído y gozar. “Con los Beatles hay mucho de inexplicable, de desafío a la razón. No es una simple banda, fue un milagro que abarcó un montón de causas. Fue un fenómeno único, solo explicable por la mano de la Providencia”, se anima a decir Rivero.

Desde aquella sesión de junio de 1962 hasta la separación de abril de 1970 (que los tres vivieron como una pérdida irreparable), los Beatles fueron su radiante objeto del deseo.

Pero sorpresivamente la llegada de McCartney no tendrá a estos tres fanáticos de alma en el Estadio Centenario. Rivero y Burel asistirán. Para Burel, la emoción de ver a Paul en vivo va a ser fuerte. “Es la banda de sonido de mi adolescencia, la que quedó fijada en mi espíritu”. Sin embargo,  Faingola, “johnista a muerte confeso”, no irá, porque cree que sería un acto hipócrita de su parte. “No me siento motivado”, dice quien recuerda el número mágico de 213 canciones oficiales que los Beatles tienen grabadas en 13 álbumes. Pero para los tres, esa música es un manantial de felicidad.

Dos uruguayos en medio del griterío
Los hermanos Carlos y Gonzalo Pérez del Castillo vieron a los Beatles durante la gira mundial que los llevó a Asia y Oceanía a mediados de 1964. Por esa época, los hermanos estudiaban agronomía en Australia y, siendo fanáticos de los cuatro de Liverpool, no perdieron la gran oportunidad que se les presentaba frente a sus ojos. Gonzalo, que tenía 18 años, cursaba en la Universidad de Canberra, pero las entradas las habían sacado para uno de los tres shows en Sídney. Los Beatles tocaron en esa ciudad el 18, el 19 y el 20 de junio de 1964, pero Gonzalo no se acuerda a cuál de los tres concurrieron en el Sydney Stadium. “Hice dedo desde Canberra hasta Sídney, donde me encontré con mi hermano y dos chicas australianas que invitamos”, recuerda Gonzalo. El hoy ingeniero tiene muy vívidas en su mente las imágenes y sobre todo los sonidos de esa noche. “Yo vi a los Beatles, pero no los oí, porque el griterío era infernal. Las muchachas se desmayaban y aullaban. No pude reconocer casi ninguna de las canciones que tocaron. Fue un auténtico espectáculo de histeria colectiva”, cuenta Pérez del Castillo, uno de los pocos uruguayos que vieron a los Beatles en vivo.