viernes, 13 de abril de 2012

McCartney.

Fuente: eltiempo.com por Ricardo Silva Romero

Por ejemplo: Paul McCartney. Que habría podido alcanzar demasiado pronto el punto cumbre de su biografía, como los boxeadores que ostentan para siempre una victoria de 1972 o los expresidentes espectrales que flotan hacia la tumba haciéndoles propaganda a sus gobiernos, pero que en cambio tuvo el coraje de convertir su mítico paso por los Beatles en el primer acto de su obra. El jueves que viene, en el concierto inaudito que dará en Bogotá, McCartney va a cantar lo
que ha ido descubriendo álbum tras álbum desde la separación de aquella banda: va a cantar que hay que despertarse todas las mañanas como si la pesadilla hubiera terminado, que hay que aferrarse a los pequeños oficios de cada jornada si se quiere volver en paz hasta la noche y que hay que pronunciar lo que se ha visto para llegar a viejo como encogiéndose de hombros felizmente.

El jueves va a ser ese ejemplo: el hombre que no cesa. Y al final del concierto, como al final de The Long and Winding Road o Here Today o Too Much Rain, dejará la triste sensación de que todo va a estar bien.

Seguro que "el músico popular más exitoso de la historia", "el compositor del milenio", "la marca registrada que vale 475 millones de libras" sabe bien a dónde viene: a un país minado que acaba de convertir en criminales a los beneficiarios de Internet, que ha tenido el estómago para simplemente "lamentar" torturas de 14 años, que ha vuelto políticamente incorrecto hablar de "los ricos", pero que no ha podido desterrar las páginas sociales de sus publicaciones más serias. Puede que hoy, en pleno debate sobre la despenalización, McCartney siga pensando que "las drogas son un problema de cada quien", que "la mariguana es menos peligrosa que el tabaco, el whisky y el pegante, y todos son legales", y que a la hora de hablar del tema, en suma, la única ley que viene al caso es la ley de la oferta y la demanda. Claro que sí.

Pero el jueves que viene no va a cantar nada de eso. "Escribo porque quiero escribir -escribió Harold Pinter-: es puramente accidental que alguna otra persona se avenga a participar". Pocos creadores en la historia del mundo habrán tenido tantos espectadores, pocos políticos habrán conseguido hacerse oír por tantos estadios, pero McCartney, con una sensibilidad que le ha servido a los negocios, con un sexto sentido que es la diferencia entre un pastor de garaje y un poeta, ha preferido cantar por cantar: cantarle a quien quiera oírlo -a quien corresponda- las temibles cosas pequeñas que canta la literatura, el amor por una sola persona hallada "con un poco de suerte" entre todas las personas del mundo, las glorias y los duelos y las trampas que trae cada día.
El jueves, en Bogotá, será un alivio Paul McCartney. El compositor brillante de Band on the Run, Tug of War y Flaming Pie. El inventor de tantos solitarios maltrechos: de Eleanor Rigby a Jenny Wren. La voz que, a los 70 años, ha sabido atenuar la esperanza con la risa.
John Lennon superó la demoledora experiencia de haber sido un beatle -de haber sido en vida, y a los veintipico, más popular que Jesucristo- sicoanalizándose en sus canciones estremecedoras. George Harrison se vio obligado a ser "un yogi sinvergüenza", según dice su viuda, en el empeño de expulsar de su cuerpo semejante fantasma. Ringo Starr ha vivido una vida agradecida a salvo en su talento. Paul McCartney se la ha jugado en cambio por ejercer su oficio sin contemplar la posibilidad del retiro, por cantar en Abu Dhabi o en Florianópolis lo que ha visto y lo que no, para envejecer de pie, para digerir un pasado que podría haberlo convertido en un espectáculo de feria: un hombre que fue.
Paul McCartney sigue siendo. Y el otro jueves no quedará más que dar las gracias.